Los Invitados


“Estaba muy oscuro, no se veía nada, tentó en la penumbra hasta que tocó algo que reconoció al instante, era una antorcha, si seguía buscando encontraría el pedernal, con el que ayudado por el puñal, conseguiría encenderla. Un poco a su derecha lo encontró y tras dos intentos, encendió la antorcha. Observó el pasadizo que tenía delante, era angosto, más incluso de lo que imaginaba, una persona muy corpulenta no podría entrar casi ni de rodillas. Estaba lleno de polvo e infectado de arañas, ciempiés y otros insectos. Dirigió una última mirada fuera, había anochecido y ya no se distinguía nada mucho más allá de unos metros. Activó el mecanismo que cerraba la puerta por la que había accedido y se sacó el mapa que le había dibujado Nakko para no ir en una dirección errónea. Aunque sabía que no podía perderse, pues existían cuatro salidas, como el Guerrero le dijo, una daba a la armería de los caballeros, otra a una habitación, una tercera a una cámara situada entre la pared del comedor y el patio y la última era la salida al exterior del castillo. De todas formas era mejor guiarse por el plano para no tener que volver sobre sus pasos.

Avanzó lentamente y giró en un par de ocasiones, una a la izquierda y otra a la derecha, después subió por unas escaleras hasta un rellano donde vio una puerta desgastada por el tiempo, unas pisadas recientes indicaban que alguien había estado allí hacía poco tiempo. Activó un nuevo mecanismo, apagó la antorcha para no llamar la atención y se adentró en la oscuridad de la habitación.

Ése sería su nuevo cuarto, era como el anterior, salvo porque en este, la estantería estaba repleta de libros y la puerta que daba al pasillo estaba cerrada con la llave puesta por dentro para que nadie pudiera entrar desde fuera.

Notaba el cansancio, así que se acostó pensando en que todo el plan parecía haber dado resultado.”

“…

Después de cerrarse la puerta, el guía siguió hablando, los dos invitados sonreían con cara de victoria.

―Ya solo quedáis cinco, y al menos uno más tendrá que dejar la fortaleza, Tiglat no sabe quien fue el que le asestó el puñetazo, no le dio tiempo a defenderse ni a ver a su agresor, si confiesa, por lo menos será un gesto honorable por su parte.

―Fui yo, y lo debería haber rematado, no me arrepiento de lo que hice. Werino, trae a mi caballo, dejo el castillo, ¿se me permite al menos llevarme mis armas? ―dijo Hilarión casi antes de que terminara de hablar Nakko.

―No, no podrás llevarte nada que pertenezca a nuestra Orden.

Hilarión se dirigió hacia la puerta, en ese momento habló su padre.

―Si queréis expulsarlo, expulsadme a mí también, señor, todos sabemos que Hilarión es el mejor guerrero de todos, si él se va yo también, ¿qué decís vosotros, eh?, Elvio, eres noble, podríamos ir con tu padre y que nos tomara por su ejército personal, no habría señor en todo el Imperio mejor protegido, Tubal, ambos llegamos aquí juntos y sabemos que no querías ser caballero, y tú Lungard, te quedarás aquí solo, tu mejor amigo, Cancio, se ha ido, y todo por una injusticia. Si los guías quieren que no seamos los últimos de esta Orden que así sea.

―En eso tienes razón, no tendré una mejor oportunidad para irme de este antro ―dijo después de escupir al suelo Tubal.

―Nakko, siempre os he respetado, pero creo que en esto os equivocáis, señor. Haré caso a Delfo y hablaré con mi padre para que nos arme caballeros. Ha sido un honor serviros Sabio. ―Fue lo que dijo Elvio cortésmente mientras se dirigía hacia los establos.

Lungard simplemente siguió a los otros cuatro sin decir nada.

―Abrid las puertas. Delfo, llévate a ese perro del demonio, no quiero que vuelva a aullar. ―Fue la despedida de Nakko, que entró enfadado en la fortaleza.

 

Donato se quedó observando cómo sus alumnos se marchaban, estupefacto al igual que Eilen, que había comenzado a llorar desconsolada, no sabía por qué había pasado eso y por qué su padre se iba sin ella. Corrió escaleras arriba, al llegar a su cuarto, abrió la puerta que daba al pasillo, ya le daba igual que la descubrieran, solo quería correr e irse con su padre

Pero nada más salir, allí estaba Nakko, con una sonrisa un poco macabra, la agarró por el brazo…

―¿Dónde crees que vas, eh?, tu sitio está aquí dentro ―le dijo mientras la metía en su habitación y echaba la llave.”

La Caída de los TrevorianLos Invitados

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