Los Caballeros


“Se volvió para dar las órdenes previas antes de partir hacia el castillo.

―Bien, llevan antorchas, eso los confundirá aún más, se deslumbrarán y dudarán ante lo que escuchen en la noche.

―Aficionados ―comentó Kasib.

―Es tu momento Urok, lanza a Romal y haz que vayan hacia el otro lado.

Sin tener que decir nada más, el albino cruzó al otro lado del camino con el perro, Delfo hizo un gesto al resto de compañeros y se acercaron al límite esperando a que Urok comenzara su actuación.

 

Escucharon el sonido poco después, Romal comenzaba a correr detrás de los palos que iba lanzando desde el bosque Urok, ladrando como un poseso, mientras, el albino había encendido las puntas de dos flechas y las hacía oscilar mientras él mismo corría por la espesura, “una imitación un poco burda de un varrat”, pensó Delfo, “pero para quien nunca había visto uno…”

Así fue como los cinco guardias se juntaron y fueron a ver qué era aquello que recorría el llano frente a ellos, y también cuando los cinco hombres, que esperaban con ropas negras escondidos en el bosque, aprovecharon para llegar sin ser vistos hasta la entrada secreta de la fortaleza.

Delfo tardó un poco más de lo previsto en accionar el mecanismo, pero por suerte para él la interpretación de Urok le había concedido también más tiempo del necesario.

Una vez dentro se colocó el primero y palpando la pared avanzó e intentó ir haciéndose un mapa mental de aquellos túneles, no había recorrido esos pasillos tanto como su hija y pagó el precio cuando llegaron a la primera de las dos salidas falsas que visitaron antes de encontrar la entrada al cuarto de Eilen. Elevó la palanca de metal que hacía las veces de seguro y entró con cautela, lo siguieron después el resto de sus compañeros.

balbo + resto

 

Sin decir palabra alguna, señaló a Cancio para que cerrara el grupo que él y Kasib encabezarían, mandó a Adham que cogiera su arco por si tenía que acabar con la vida de alguien antes de huir y a Zoilo que desenfundara su espada y que estuviera preparado para abrir las puertas que iban a escudriñar, pues estaba seguro que los vigías, al menos, estarían descansando para relevar a los otros soldados.

Delfo también llevaba su espada desenvainada, había elegido la que Honorato le forjó y no la de su hija, aunque la de la niña era un poco más corta y hubiera sido algo mejor para las distancias cortas, prefería no llamar la atención cuando su hoja resplandeciera en la oscuridad debido a la sangre de algún enemigo y estaba seguro de que esa noche mancharía su espada con sangre.

Abrieron las primeras habitaciones con todo el sigilo que les permitían las viejas bisagras de las puertas, había muchas que abrir y la mayoría estarían vacías, pero no podían dejar de mirar en ninguna, era preferible avanzar lento a tener a un enemigo a la espalda.

Tardaron en encontrar al primero de ellos en una de esas habitaciones, pero poco fue el tiempo necesario para acabar con él, sin ni siquiera despertarse acabaron con su vida, los demás que acababan de realizar su ronda no estarían muy lejos de allí.

Y así fue, sus otros cuatro compañeros también estaban dormidos, entre Kasib, Zoilo y él les dieron muerte sin ningún reparo. Según las cuentas de su hija, que parecía terriblemente segura, ya solo quedaban quince más y cinco de ellos estaban en las murallas persiguiendo fantasmas.

Continuaron abriendo una tras otra todas las habitaciones, pero no encontraron a nadie más, hasta que escucharon un ruido que provenía de la otra ala del edificio, de la armería, se oían golpes metálicos, como cuando se cincela una pared, Delfo decidió que ir hacia allí sería su siguiente paso.

Llegaron al recodo en silencio y Zoilo asomó la cabeza para observar, le indicó al resto, por medio de señas, que había cinco hombres allí, dos de ellos en el centro sin armas. Delfo señaló a los arcos que llevaban todos detrás, intuyendo la orden, eligieron todos a quién dispararían, mandó a Zoilo a echar otro vistazo y a que diera el visto bueno, cuando éste realizó un gesto con la mano, cinco flechas salieron disparadas de otros tantos arcos, pero solo se clavaron sobre cuatro cabezas, el quinto hombre que sostenía un martillo y un cincel en las manos observó atónito cómo cinco saetas alcanzaban a sus compañeros, matándolos casi en el acto, uno de ellos había recibido dos. Al levantar la mirada comprendió lo que había pasado y con auténtico pavor arrojó sus útiles al suelo y se dio la vuelta para correr y gritar, logró articular palabra, pero antes de poder emitir una segunda sílaba ya tenía cinco flechas clavadas en distintas partes de su nuca y espalda.

Cancio y Kasib se miraron reprochándose sus disparos, pero no se dijeron nada, permanecieron escondidos en las sombras durante un tiempo, el suficiente como para comprobar que nadie acudía en auxilio de aquella primera sílaba pronunciada y coartada antes de enlazar con la siguiente.

Se acercaron al lugar donde estaban trabajando, intentaban, no sin dificultad, abrir la puerta de acceso a la armería, no habían podido forzarla y querían sacarla de la pared, ya llevaban descubiertos unos treinta centímetros por cada lado y todavía no se veía el final, Delfo estaba seguro de que la puerta de metal tendría tal longitud que podría pasar por ser la propia pared.”

La Caída de los TrevorianLos Caballeros.

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