La niña.


slider-1

“Delfo se adelantó hasta la mesa donde estaba Donato y le dio la hoja.

―Lo he dibujado al lado de un caballo para que se vean bien las proporciones que tiene ―le susurró a su antiguo tutor.

―Gracias por hacerlo tan pronto. Vuelve a tu sitio. ―Tras un instante de pausa volvió a elevar la voz y a dirigirse a todos sus alumnos―. Bueno, la clase de Historia ha terminado por hoy. Ahora vamos con algo de Biología. A ver si podéis decirme de qué animal se trata, pasaros el dibujo de unos a otros hasta que lo veáis todos, es una posible bestia del bosque que pudo atacar a Delfo. ―Cogió el papel que le había entregado Delfo y se lo dio al primero que había sentado, Adham, éste tras echarle un vistazo se lo pasó a Kasib y éste a su vez a Cancio. Así hasta que todo el mundo lo vio.

Delfo se mantuvo a la espera sin decir nada, debía mantener el silencio sobre su historia pese a que el Sabio ya había dicho que había sido atacado.

Donato continuó hablando cuando comprobó que todo el mundo había terminado de ojear el dibujo de Delfo.

―Os enseño este boceto porque sois de muchos lugares, venís de casi todas las partes del Imperio y quizás hayáis visto alguna vez un animal como éste. Así que quiero que me digáis cualquier nombre de animal que os haya venido a la cabeza al ver lo ahí dibujado. Y si sois uno de vosotros dos ―dijo a Kasib y a Adham, que por lo visto aún no habían hablado nada más que entre ellos―. Escribidme un nombre en un papel y dádmelo.

Nadie pareció darse por aludido al principio, pero tras un momento Adham escribió algo y se lo entregó a Donato.

―Adham dice que se parece a un león del Sur, de las Tierras Bajas, pero que evidentemente éstos no son tan grandes como los pintados por Delfo, ni son blancos, pero según él se trata de un tipo de felino. Yo estoy de acuerdo en ese aspecto. ¿Hay más opiniones?

―¿Pudo ser un leopardo? ―preguntó Lungard algo tímido como era su costumbre.

―Sí, si se hubiera comido a un oso, ja, ja, ja ―bromeó Nicanor.

―O un gato con un corte de digestión, por eso estaba blanco, je, je, je ―rio Mansón.

―Basta de bromas, es menester que vayáis madurando. En cuanto a lo del leopardo, no creo que Delfo se confundiera al ver uno, éstos son mucho más enormes.

―Seguro que se cagó en los pantalones y salió corriendo, después llegó llorando diciendo que eran mucho más grandes, si no eran leopardos seguro que serían unos perros salvajes ―dijo con desprecio Zoilo.

―Sí y seguro que tú te cagarías de miedo al verme dándote un puñetazo ―le respondió en defensa de Delfo, Hilarión.

―¡Hilarión, Zoilo! Quiero que ahora mismo os pidáis disculpas, no quiero peleas en mi clase, ¿entendido?

―Sí, señor. Perdón Zoilo ―susurró Hilarión.

―Perdón, cuida niñas ―respondió Zoilo.

―Sigamos con nuestro tema, ¿no conocéis ningún animal parecido?

Todos permanecieron en silencio, hasta que Antenor levantó la vista y puso una expresión típica en él, solo ponía esa cara cuando había escuchado lo suficiente de algo y tenía una respuesta más satisfactoria que los demás.

―Estoy con vos, sin duda es un felino, pero ¿cuál? Hoy en día no existen animales como esos, tan enormes no pasarían desapercibidos y si existieran en el bosque sabríais de cuál de ellos se trata y no nos preguntaríais.

>>Mi padre una vez nos contó una historia a mí y a mis hermanos. ―Se calló un momento al escuchar un “Ya estamos otra vez con historias y nunca de mujeres…” proveniente de Elvio―. Un viejo mercader llevó a un extraño animal que decía era el último de su especie, un tigre, de las Tierras del Norte, en Deancar. Mi padre me lo describió, grande, casi como un caballo de rayas negras y naranjas. Puede que se trate de uno de esos tigres, señor.

―Puede ser que tengas razón, echaré un vistazo a las especies antiguas que ya han desaparecido ―terminó por contestar Donato.

―Quizás sea un animal enviado por mis hermanos ―dijo de repente Urok.

―¿Tus hermanos? ―preguntó extrañado Donato.

―El mes pasado mientras estudiaba me di cuenta de que estaba equivocado, mi padre no fue un Dios, yo mismo lo tengo que ser, pues mis hermanos albinos son considerados dioses para los Yiades. Puede ser que Delfo se encontrara con una de las bromas pesadas de mis familiares, un felino con su piel blanca como la mía ―contestó el niño albino, tenía los ojos azul claro, con los pómulos llenos de pecas, se estaba dejando el pelo largo, lo que le confería un aspecto un tanto peculiar.

―No creo que seas un Dios, Urok, aunque tienes razón en que los Yiades veneran a los albinos, pero es una religión minoritaria y ya no hay apenas gente que la practique. Mas no seré yo quien diga que estas en un error. Bueno, creo que por hoy ya vale, a no ser que se os ocurra algo más.

―Yo no he entendido por qué tiene que ser un felino, señor ―dijo Reufa, con cara de no entender absolutamente nada.

―Ya lo explicaremos otro día. Puede que Antenor tenga razón, quizás se extinguieron en Deancar, pero florecieran en El Yermo.

―Yo creo que Urok tiene razón ―interrumpió Mansón―, pero resulta que esos tigres son realmente sus hermanos no sus enviados.

Urok ni se inmutó, le echó una mirada violenta y el niño paró de reírse.

Todos esperaron un buen rato mientras Donato parecía dar vueltas a la teoría de Antenor.

―Pero, ¿cómo explicas el color de los ojos, Antenor? ―El que habló rompiendo el silencio fue Balvino, al que todos llamaban Balvo, era un niño grueso de pelo liso y cara que parecía hinchada, debido sin duda a sus comidas y su gusto por la cerveza pese a ser tan joven.

―Creo, que eso también puedo explicarlo ―respondió Antenor―. Si no se trata de un error de la naturaleza por haber cruzado a tan pocos especímenes entre sí, el color de los ojos puede explicarse como un efecto óptico, si estás viendo algo anaranjado puede, que con poca luz y visto desde lejos nos parezca que en vez de naranja es rojo.

El resto de los alumnos se cruzaron miradas hasta que Donato habló.

―No sé si tu teoría será o no correcta, pero desde luego está pensada y estudiada. Por ahora creo que nos conformaremos con eso hasta que encontremos la respuesta. ―Tras una pausa se despidió de todos ellos―. Ya os podéis marchar, mañana seguiremos con la clase de Historia y continuaremos con los ejercicios de Álgebra. Antenor, Delfo, Hilarión, vosotros acercaos un momento.

>>Delfo, veo que le has contado la historia a Antenor y supongo que habrás hecho lo mismo con Hilarión. ―Se quedó mirando a los tres amigos durante un instante que a Delfo le pareció una eternidad―. No te preocupes, antes de lo que piensas todos los habitantes de la Isla lo sabrán, no por ti, seguramente Werino y Néstor hablarán más de la cuenta. Pero para que lo tengáis en cuenta para otra ocasión, os voy a dar un consejo que os será de utilidad en algún periodo de vuestra vida.

>>Si queréis guardar un secreto o llevar un plan a buen puerto sin llamar la atención, haced partícipes de vuestro plan al menor número de personas y que éstas sean de vuestra mayor confianza.

>>Ya os podéis ir a la clase del Guerrero, sino llegaréis tarde.

―Sí, gracias por el consejo, señor ―respondieron los tres.”

La Caída de los TrevorianLa niña.

Deja un comentario