La Flor


“Quizás tuviera razón, pero aun así le hubiera gustado conocer a su madre y a su padre, Ervigio. Nakko le había contado grandes hazañas de él, de cuando ambos eran jóvenes y de cómo disfrutaban de la “verdadera amistad” que era como la llamaban ellos, Zenón El Capitán y Habal El Grande. Ahora parecía que tres de ellos habían muerto, Habal de una enfermedad llamada La Muerte Negra según le contó el Guerrero, Nakko en la fortaleza y su padre biológico ajusticiado en Tiara. No sabía si el cuarto hombre estaba muerto o no, solo sabía lo que le habían contado. Le inquietaba saber que había perseguido a su madre y seguramente que si la hubiera capturado ella no hubiera nacido. Lo odiaba sin poder odiarlo por no haber ayudado a ninguno de sus amigos, ni siquiera por haberlo intentado.

 

Derramó unas lágrimas sobre la tierra, ahora lloraba más que nunca, siempre que evocaba algún pensamiento sobre los que habían muerto en la fortaleza rompía a llorar. Se puso a dar vueltas, a buscar algunas flores como solía hacer con su padre para luego depositarlas al pie del olivo.

Deambuló por los alrededores, siempre vigilada por Tubal, hasta que comenzó a oscurecer. Depositó las flores que había recogido, pues sabía que era hora de regresar. Tubal se levantó y le hizo un gesto. Ella se despidió de su madre como siempre lo había hecho.

―Hasta la próxima primavera, mamá. ―Y esperaba que pudiera ser así, estuviera donde estuviera, ya fuera en el monasterio o en Egar, intentaría volver a aquel lugar al año siguiente.

 

El camino de regreso también lo hicieron en silencio, solo roto por los jadeos de los caballos y de Romal. Era normal en Tubal, no así en ella, pero ahora no tenía ganas de hablar, tampoco de escuchar las historias de su silencioso compañero, que era cuando más tiempo hablaba. Al llegar, se dieron cuenta de que su padre y los demás aún no habían regresado, así que descabalgaron, Tubal cogió ambas riendas y la mandó a recoger sus cosas.

―Vamos, sube y recoge, creo que tardaremos en volver. ―Fueron sus escuetas palabras, que como siempre las terminó escupiendo al suelo.

 

Obedeció, fue a su cuarto, aunque allí no quedaba nada, pues tuvo que recoger todas sus cosas y meterlas en el túnel, así que se adentró en la oscuridad y recogió lo que pudo. Lo más valioso ya lo llevaba encima, el puñal que le había regalado su padre y las ropas de abrigo, recogió las piezas talladas que Tubal había hecho para ella del juego de Las Cuatro Torres, no estaba completo, pero ya faltaban pocas. Lio en un hato sus mejores ropas, las demás las sacó del túnel y las colocó en el mobiliario, quería que aquella habitación la recordara igual que ella la iba a recordar. Por último cogió el ejemplar Blasones y banderas II, Deancar, el último libro que le mandó estudiar Nakko, no tenía mucho valor, pero era la penúltima tarea que le mandó y quería guardar todos los recuerdos posibles. Cuando lo hubo recogido todo, se echó en su cama.”

 

La Caída de los TrevorianLa Promesa

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