La Despedida.


“La niña, obediente, fue a hacer lo que le dijo. Delfo se quedó un rato con él, para así evitar tener que pensar en la despedida. Estuvieron hablando de su familia. Todo iba bien, aunque le preocupaban sus hermanos, de Cástor se preveía que fuera, pero Herald era distinto, parecía haberse olvidado de las armas. Sus padres estaban bien, deseosos por verlo a él y a su hija, en cuanto a Alegría, su hermana, a Reufa se le saltaban los colores al hablar de ella, Delfo creía que le gustaba mucho. En cuanto a él, trabajaba para la Orden ayudando al comandante, y por lo que se veía le iba muy bien.

Estuvieron hablando durante largo rato hasta que aparecieron los tres guías acompañados por dos hombres uniformados con el emblema real. Donato se fue a acompañarlos hasta sus habitaciones, Velaro y Nakko se acercaron a ellos.

 

―Espero que ya hayáis tenido tiempo suficiente para hablar, Reufa y tu hija tienen que partir ya, para que no les anochezca por el camino. Eilen se ha despedido de casi todos y la he mandado a que recoja sus cosas. ―El Protector hizo una pausa para dar algo a Reufa―. Toma, es un sello real para que os dejen pasar y no os hagan preguntas, en tiempos de guerra hay que extremar las precauciones.

―Gracias, señor. ¿Están preparados los caballos?

―Sí, en cuanto baje la niña os marcharéis, vayamos hacia el patio mientras.

Salieron y se encontraron con los dos caballos preparados, Werino estaba sujetándolos. Al verlos, a Delfo se le saltaron las lágrimas, pero se prometió no llorar, al menos en público.

Detrás de ellos se abrieron las puertas, aparecieron, primero el Sabio, luego Lorenzo y al final Néstor, éste llevaba un par de fardos y estaba vestido con su armadura. Detrás de él apareció Eilen, correteando con una bolsa colgada, con lo que se suponía que eran sus cosas.

―S-señor, pido p-permiso para dejar la fortaleza. Quiero irme con Eilen, s-señor ―pidió el vigilante.

―¿Qué? ―respondieron con incredulidad los tres guías.

―Esto ya me lo temía, por mí puedes ir, pero solo cuando te hallamos encontrado un sustituto ―le dijo Velaro.

―Mmmmm, nos podríamos encargar nosotros o mandar a un alumno quizás ―sugirió Donato.

―Debe quedarse al menos hasta que los alumnos sean caballeros, entonces podremos elegir a otro vigilante. Hasta entonces te quedarás aquí Néstor, no hay más que hablar, prometiste servirnos y así será —interrumpió al Sabio Nakko.

―P-pero, p-pero, s-señor ―tartamudeó el vigía.

―No hay señor que valga, vuelve a dejar tus cosas y vuelve a tu puesto.

Todos se quedaron extrañados ante la actitud del Guerrero, Nakko era duro, pero por lo general era muy comprensivo, a todos les sorprendió ese comportamiento.

Nada más darle la orden, el vigilante se arrodilló sin decir nada delante de Eilen y comenzó a llorar, la niña lo consoló como pudo, secándole las lágrimas, pero no fue suficiente, Néstor abandonó el lugar llorando desconsolado.

Los tres guías se despidieron de ella formalmente, Werino se emocionó algo y cuando le llegó el turno a Delfo, éste ya había comenzado a llorar.

―No llores papá, te veré pronto.

―Eso espero cariño, ¿quieres que Romal vaya contigo?

―No, y cuando te vea, ¿me regalarás un gatito?

―Sí, te lo regalaré, no te preocupes. ―Su hija sonrió al oír que aceptaba.

Le dio dos besos en las mejillas y la ayudó a montar, las puertas se abrieron y su hija desapareció tras ellas, cuando se adentró en el bosque, Delfo se volvió y vio que todo el mundo había salido a despedirla, hasta Zoilo estaba mirando a través de las ventanas.

No quería que lo vieran llorando, pasó al lado de Urok y de Antenor, escuchó lo que la iban a echar de menos.”

La Caída de los TrevorianLa Despedida.

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