La aventura comienza


bosque nocturno

 

“Sacó la hoz de su funda, miró al mastín que se había colocado tan cerca de él que casi lo rozaba, parecía tener tanto miedo o más que él (algo raro en los mastines, pues se decía que los mastines de la Isla eran los seres más valientes y leales del mundo conocido). Comenzó a avanzar más lentamente de lo que le hubiera gustado, para intentar no hacer ruido y así no llamar la atención sobre ese animal o lo que aquella figura fuera.

La niña seguía dormida y él intentaba ser lo más silencioso que podía, no sabía el tiempo que había pasado desde que anocheciera, pero eso ahora no le importaba, estaba rodeado por una oscuridad total, si había luna, él no podía verla. Lo único que ambicionaba ahora era regresar a la seguridad de la fortaleza.

Había avanzado bastante desde que divisó esa sombra blanca, o eso quería creer, sin mirar nunca hacia atrás. Se percató, cuando parecía que no iba a llegar nunca, de que podía divisar a unos cien metros un claro que dejaba ver el erial entre el bosque y la fortaleza, que también se divisaba a lo lejos, parecía un gigante de ojos y pelo llameante al fondo del camino, pero también avistó algo más aterrador…

El mastín también pareció verlo, se acercó a su pierna y comenzó a gruñir. Era una visión terrorífica, en el lado izquierdo del camino justo al final del bosque se detuvo un monstruo blanco descomunal que lo miraba fijamente, sin hacer ningún movimiento ni ruido, y su mirada… dos ojos grandes que brillaban en la oscuridad, rojizos como la sangre y en su centro, anaranjados como el fuego.

Retrocedió un poco, lentamente para no sobresaltar a aquel extraño animal, pero algo se movió a su espalda a lo lejos, algo que no pudo reconocer. Debía intentar hacer algo, pero ¿el qué?, quizás salir corriendo a su derecha, por el bosque, o hacia atrás. Pero no, tenía que llegar a la Isla como fuera y ninguna de esas dos opciones era la mejor para hacerlo.”

La Caída de los TrevorianPrólogo.

 

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