El Señor de los Salvajes – Prólogo


“El traquetear del metal se confundía con el trotar de su caballo, el sudor producido por un calor asfixiante casi no lo dejaba ver a través de su yelmo y el pellejo de agua ya estaba casi agotado, pero eso no era lo peor, más sufría por su compañía que por todas las inclemencias del terreno y del clima de Borvantú.

Esa mañana lo habían mandado con un grupo de soldados al puerto de la ciudad de Laknés, tenían que vigilar que ningún barco zarpara a no ser que fuera un pequeño pesquero.

 

Desde que el rey y su hijo Eustad firmaran la paz a esperas de seguir negociando, Laknés había sido vigilada por ambos bandos. Eustad controlaba la mayor parte de la ciudad al norte del Mechiria, pero ésta se dividía en dos y Tanios gobernaba el sur. El puerto fluvial estaba compartido por ambas partes y los dos ejércitos se afanaban en vigilar que ningún barco de gran calado saliera o arribara en dicha ciudad. Era un puerto de los más cercanos a El Yermo y nadie quería visitas “inesperadas”. Tanios y sus tropas podían usar algún otro como el de Gateh o el de Labe (que daba el nombre al estrecho que separaba El Yermo de Borvantú) para viajar hacia el continente que ahora no estaba gobernado por ningún Trevorian, sin embargo, para las tropas de Eustad era el mejor puerto desde el que podían partir para negociar algún tipo de tratado que beneficiara de algún modo al hijo mayor del rey legítimo, algo que debían de impedir a toda costa.

En Laknés solo había un pequeño destacamento de no más de diez soldados (era lo que se había estipulado cuando se firmó la tregua para evitar un posible conflicto entre ambos bandos), así que era algo habitual en los dos ejércitos el mandar varios grupos al día a la ciudad para comprobar que todo permanecía en paz y en base a los acuerdos. Y esa mañana él fue uno de los elegidos para hacer la patrulla rutinaria por las calles y luego bordear la costa para asegurar que ningún barco llegara a puerto, para ello tendrían que visitar a los soldados de la ciudad y luego a los tres destacamentos esparcidos por la playa.

 

La visita a Laknés fue breve. Salieron con las primeras luces de la mañana desde el campamento al sur de la ciudad (alejado poco más de media hora a caballo) y contactaron con los vigías que no habían visto nada fuera de lo normal hasta ese momento. Más tarde, después de desayunar, las cosas se complicaron. Ya había comprobado desde que llegó a Borvantú cómo antes de llegar el medio día el calor era casi insoportable y esa mañana no fue diferente. Poco después de dejar la ciudad y el puerto, se dio cuenta de que era demasiado viejo para cabalgar con su armadura bajo ese sol abrasador y a lomos de un caballo que no era el suyo, sin embargo, no era lo que más lo molestaba de la patrulla de esa mañana, peor era soportar al joven explorador que habían mandado con ellos. Apenas llegaba a los trece años y ya se comportaba con la arrogancia de un capitán curtido en mil batallas, aun así, toleraba el desdén del sureño mejor que el del resto de la compañía, dos caballeros de la Orden del Agua, un sargento del ejército real y quince soldados rasos, todos con mandos sobre él.

Y es que desde que la Orden de la Roca había caído en desgracia cuando unos cuántos alumnos y uno (o dos, las noticias no llegaban a Borvantú con toda la claridad deseada) de sus guías habían traicionado al rey y al Imperio, todos los miembros de la Orden habían sido depuestos como caballeros y nombrados soldados aprendices del ejército real o de la Orden del Agua. Él había sido uno de los últimos y ahora tenía que aguantar que todos mandaran sobre él a pesar de su experiencia y de su edad, próxima a los cincuenta años. Por si no fuera poco también le habían quitado su caballo y casi todas sus armas, quedándose sólo con una espada corta con la que poder luchar. A pesar de toda esa desgracia no era el que peor parado había salido, al menos conservaba su armadura (eso sí, sin emblemas de la Orden). Algunos de sus compañeros y amigos habían sido mandados al servicio, bien para limpiar el campamento o bien para dar de comer y cuidar a los animales de granja, otros ahora eran leñadores y los que menos, aquellos que se habían opuesto a perder su título de caballero y a entregar sus armas, estaban remando en galeras que patrullaban constantemente las costas de El Yermo.”

Extracto del prólogo de El Señor de los Salvajes.

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