El Regalo II


regalo

 

“―Descansa Vigilante, solo hemos venido acompañando a Delfo para que hable contigo sobre la niña ―informó Nakko.

En cuanto oyó la última palabra el vigía se relajó ostensiblemente.

―La niña, sí, la niña. Es tu hija Delfo, ¿lo sabías?

El niño miró extrañado al resto de acompañantes.

―Así me lo hizo saber Néstor cuando le pregunté por qué llevó a la niña cerca de ti, incluso antes de que despertaras ―comentó el Guerrero.

―¿Pero quién se lo dijo?

―Me lo dijo ella. ―Al ver la cara del chico, Néstor continuó―. La niña, tu hija. Aunque no sabe hablar todavía, en tus sueños, sí que te habla, te dice cuando tiene hambre y más cosas. Y lo que más me decía era que había visto a su madre en el bosque y que tú la rescataste y a partir de ese día te convertiste en su padre. Yo solo soy o e-era su cuidador.

―Y lo podrás seguir siendo, a no ser que al padre no le parezca bien ―dijo el Sabio.

―Por supuesto, serás su cuidador o mejor, uno de sus tíos, creo que va a tener muchos ―respondió Delfo mirando a Nakko.

Al oír aquello Néstor se echó a reír, nunca había visto al vigilante tan contento.

―Sí, sí. Quiero ser su tío y cuidarla, ayudar a-a su padre… a ti, Delfo El Padre.

―Tranquilízate Néstor, tendrás que seguir con tu trabajo habitual y me seguirás ayudando de vez en cuando con mis alumnos ―comentó el Guerrero.

―Sí, s-señor, eso haré.

―Néstor, ¿me podrías contar como encontraste a la niña?, y ¿cómo la cuidaste? ―le preguntó Delfo.

―La encontré en su cesta, no sabía que estaba allí, pero lloró y al asomarme dentro la vi y la cogí. No supe qué hacer con ella, según las normas, no podía estar en el castillo, así que me la llevé a mi habitación y bajé por un trapo limpio y un poco de leche de cabra, lo humedecí y se la puse en la boca, ella chupó, tenía hambre. ―Al ver la cara de duda del chico, matizó―. Hice lo mismo que con los cabritos, así los crío, con paciencia hasta que pueden comer otra cosa.

>>La primera noche no paró de llorar hasta que me dormí. Fue cuando se me apareció en un sueño y me dijo lo que te he contado. Como sabía que la habitación de al lado estaba vacía y tú no te habías despertado la puse allí y llevé una cuna después de construirla, desde entonces nunca más ha llorado ―terminó de explicar Néstor sin tartamudear ni una vez.

―¿Cuando hayamos terminado de comer, me ayudarás y me enseñarás a darle de comer y a cambiarle los pañales, Néstor?

―Sí, s-sí, señor Padre.

―Hasta entonces sigue con la guardia ―le ordenó Nakko.

El vigía fue a recoger la lanza que había soltado y se alejó de ellos con la alegría dibujada en su cara.

―Hoy has hecho a alguien muy feliz ―comentó Donato―. ¿Has creído lo del sueño, Delfo?, a mi me cuesta que hasta tuviera el ingenio de alimentarla, pero en fin.

―Sí, lo creo. ―Los dos guías se miraron escépticos―. Ella se me apareció en un sueño y me dijo que había curado a Romal y me llamó padre. Así que sí, lo creo. ―Tras una pausa les hizo una pregunta a los guías―. ¿Cómo os disteis cuenta de que la niña estaba allí?

―Cuando te despertaste por primera vez la nombraste. Como Werino y Néstor no nos habían dicho nada al respecto fuimos a preguntarles de nuevo, en esa ocasión preguntamos por la niña.

>>Al ver lo nervioso que se puso Néstor, lo presionamos un poco y al final nos dijo lo mismo que a ti. Decidimos que la niña se quedaría en esa habitación, aunque evidentemente no nos creímos nada de los sueños ―le explicó Nakko.

―Eso ya no importa, lo realmente importante es que la niña vive y ahora tiene una familia, un padre ―dijo Donato mirando a Delfo―, unos tíos ―miró a Nakko―, y por suerte hasta un par de abuelos. Nunca pensé en tener un nieto a mis años ―sonrió Donato.

―Pero Velaro la quiere echar, ¿no es así?

―No quiere mal para ella y menos para él. No es que quiera deshacerse de la niña, lo que no quiere admitir es que si se queda con nosotros le cogerá cariño y nunca querrá que se vaya. Ya ha perdido dos hijos, no quiere perder a una hipotética nieta cuando ésta decida irse a vivir su propia vida ―contestó el Sabio nuevamente.

―No te preocupes Delfo, lo haremos entrar en razón y cuando se vaya será porque ella quiera irse y no porque la hayamos echado. Puede que hasta consigamos derogar esa dichosa ley, el castillo estaría más vivo con mujeres y niños correteando por aquí ―comentó Nakko.

―Por cierto, ¿ya has pensado un nombre para la niña? ―le preguntó Donato.

―Sí, se llamará Eilen, en honor a la primera mujer caballero de esta Isla.”

La Caída de los Trevorian, El Regalo.

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