El Monasterio


“Esos aullidos parecían más cercanos que los anteriores, Donato mandó detenerse, cogió su yelmo y su peto y se los puso con trabajo. Sus monturas parecían más inquietas conforme más se acercaban a la encrucijada.

Retomaron el paso ligero, las nubes se acercaban y ruidos salían de todas las partes del bosque, se oía a búhos, el graznar de cuervos, el berreo de ciervos… y el aullar de los lobos, su experiencia en los días de lluvia contradecían a los sonidos de animales, pues él siempre recordaba que antes de una lluvia fuerte los animales permanecían en silencio, sin embargo ahora parecían estar alterados.

Poco antes de llegar a la encrucijada dos ciervos se cruzaron en su camino, corrían enloquecidos cada uno hacia un lado, el caballo de Antenor se encabritó, pero pudo controlarlo, a sus espaldas se oyó una especie de rugido sordo, cuando todos miraron, sus monturas se pusieron nerviosas, comenzaron a encabritarse aunque allí no vieron nada. Sin ordenarles nada y sin poder controlarlos, sus caballos salieron corriendo, pegando saltos y coceando.

El primero en caer fue Delfo, que cayó encima de una tinaja de cerveza partiéndola en mil pedazos.

El siguiente fue Antenor, que se desplomó cerca de un roble.

El último fue Donato y el que tuvo peor suerte, cayó de bruces sobre unas rocas.

 

Delfo se levantó lentamente, comprobó que no se había partido nada ni había sido herido, por suerte solo se había mojado y no tenía daños aparentes. Fue a ver cómo estaba Antenor que había caído cerca de él.

―¿Estás bien, Antenor? ―preguntó.

―Uffff, creo que sí, aunque me duele mucho la pierna ―respondió quejándose.

―¿Puedes moverla?

―Sí, creo que solo ha sido un golpe sin importancia.

Delfo le tocó donde se había golpeado, no era nada. Le ayudó a levantarse y se dirigieron hacia donde se encontraba el Sabio, estaba tendido boca abajo, sin realizar ningún movimiento, al verlo, salieron corriendo hacia él para ver mejor su estado.

Delfo llegó primero, notó que respiraba y que estaba inconsciente. Le tomó el pulso.

―Parece que solo ha perdido el conocimiento, respira normalmente, sin trabajo, es buena señal ―le dijo a Antenor.

―Deberíamos quitarle el yelmo ―sugirió su amigo.

―No, primero… sí, primero tenemos que comprobar que el golpe, si se lo ha dado en la cabeza, no le haya perforado el cráneo, si lo ha hecho, es mejor no retirarlo.

―¿Cómo lo sabes? ―le preguntó sorprendido Antenor.

―Lo aprendí de los libros que me mandó estudiar Velaro mientras me recuperaba.

Delfo levantó la visera del yelmo, comprobó que no había heridas graves y posteriormente retiró la barbera, no vio signos de traumatismo, así que le quitó el gorjal y la cubrenuca. Al quitar esta última parte observó algo de sangre, con cuidado rompió un trozo de túnica y se la limpió.

―Creo que podemos quitarle el morrión también, la herida parece superficial, o eso espero ―dijo deseando no equivocarse.

Sin decir nada más le quitaron el morrión, desmontando así la última parte del yelmo, Delfo le limpió la herida y vendó la cabeza de Donato, le quitaron el peto para aligerarlo y lo recostaron sobre un arce cercano.

―Tenemos que llegar a la fortaleza, no nos queda mucho para llegar, Delfo ―dijo Antenor.

―Está bien, coge su espada yo cogeré el escudo, agarrémoslo de ambos brazos.

 

Antenor hizo lo que su compañero le ordenó, levantaron a Donato y asiéndolo cada uno por un brazo consiguieron moverlo. Avanzaron lentamente, pero avanzaban que era lo importante. A su alrededor se seguían oyendo ruidos raros de animales deslizándose a sus espaldas, entre los arbustos. Tanto Antenor como Delfo echaban una mirada atrás nerviosa cada vez que oían alguno de esos sonidos a su espalda para percatarse de que nada los estuviera siguiendo. Les faltaba poco para llegar al claro, ya divisaban las puertas, cuando vieron que éstas se abrían.

 

Pararon para descansar, aliviados ante la ayuda que provenía de la Isla. Antenor izó los brazos haciendo señales para que los vieran.

―¡AQUÍ!, ¡ESTAMOS AQUÍ! ―gritó.

En ese momento se oyó algo detrás de ellos, al volverse, Delfo vio a un oso correr hacia ellos, era enorme, un oso pardo, jadeando y echando espuma por la boca, corría hacia ellos para embestirlos.

―¡APÁRTATE ANTENOR! ―mandó Delfo poniéndose en posición defensiva, preparado para recibir el ataque de aquel animal encolerizado. Puso una rodilla en tierra y se protegió con el escudo de Donato como le había enseñado Nakko que tenía que actuar ante la carga de un caballero.

El oso se acercaba peligrosamente cuando de pronto algo saltó por encima de él y se lanzó al ataque contra el animal. Fue un visto y no visto, salió de su espalda y se lanzó al cuello del oso, éste se irguió sobre sus patas traseras y se defendió lanzándole zarpazos.

Romal seguía enviándole dentelladas mientras saltaba a su alrededor, Delfo miró hacia atrás y vio a Antenor que había apartado a Donato a un lado, por detrás de ellos a unos doscientos metros, Néstor, Werino y Nakko corrían armados hacia el lugar.

Antes de llegar a él, Nakko se detuvo, puso rodilla en tierra, sacó unas flechas de su carcaj, las clavó en el suelo, cogió una, la puso en el arco y la disparó. Delfo observó la saeta hasta que impactó en el oso, clavándose en un costado, antes de que el niño volviera la mirada, se clavaron dos más en el lomo. Al sentirlas, el animal salió huyendo olvidándose del mastín y de los humanos que tenía delante, en cuanto pudo se metió en el bosque y desapareció.”

La Caída de los TrevorianEl Monasterio.

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