El Juicio


balanzajuicio

“El último en entrar fue Delfo.

Observó la sala, ahora más nervioso, ésta era más pequeña que la sala oficial, no obstante, también tenía un tamaño considerable. Tres asientos de piedra donde se sentaban los guías dominaban la estancia, parecían ser parte de las paredes, pues estaban hechos de la misma piedra que ésta. A los lados había dos hileras de más de una docena de sillas cada una, las cuáles servirían para que los caballeros asistieran a las reuniones. El resto de la sala permanecería vacía de no ser por tres de las sillas que miraban de frente a los tres que presidían el juicio.

Tomó la palabra Velaro.

―Adelantaos y tomad asiento. ―Una vez se hubieron sentado, éste prosiguió―. Todos sabéis el porqué de esta situación, así que no daré más indicaciones de las necesarias. Ahora nos contaréis todo lo que hicisteis, visteis y oísteis ese día, después os haremos unas cuantas preguntas. Debéis de estar tranquilos, no habrá ningún castigo para ninguno de vosotros.

Al oír aquello, los tres que esperaban declarar parecieron descansar, incluso Néstor resopló siendo el primero de los tres en sentarse. El Protector continuó.

―Levántate Delfo, cuéntanos lo que sucedió el último día que saliste al bosque.

Delfo se levantó, hizo acopio de memoria y comenzó a narrar lo que le pasó desde que salió de la fortaleza.

―Cuando salí de la fortaleza, una vez Tristán me asignó un mastín…

Contó cómo había descubierto a la mujer, lo de la niña, el perro, el diálogo que tuvo con Zenón, cuándo se dio cuenta de que se hacía de noche y por último su encuentro con aquellas extrañas bestias.

―…eso es lo último que recuerdo, creo que eran cuatro o cinco, no sé, pero me estaban rodeando a mí… y a la niña. ―Tras un momento en el que todos estaban en silencio Delfo terminó―. Eso es todo, señor. ¿La encontrasteis?

Nakko y Donato intercambiaron miradas.

—Las preguntas las hacemos nosotros. —Velaro se puso en pie y dijo otro nombre—. Gracias Delfo, ya puedes sentarte. Néstor, ponte en pie y dinos lo que recuerdas de ese día.

Néstor se levantó, comenzó balbuceando algo que Delfo creyó reconocer como “con vuestro permiso señores” o algo parecido.

―E-se día me l-levanté como de costumbre con la c-campanada d…”

La Caída de los TrevorianEl Juicio.

Deja un comentario