El Fuego


“Eilen, desconcertada por la escena, esperó a ver la resolución del conflicto, mientras, no se le ocurrió otra cosa para no aburrirse que ojear el libro que Nakko le mandó estudiar. Buscó el símbolo que llevaban grabados en el torso aquellos hombres, pero tras varias búsquedas no encontró nada.

En el exterior, Néstor había cerrado las puertas, Honorato y Tristán que habían presenciado la discusión ya habían vuelto a sus labores cotidianas, todo parecía estar en calma hasta que alguien salió de las puertas del salón, era el tal Blasco, seguido por Donato, el Sabio iba pidiendo disculpas en nombre de la Orden, por lo que oía, además se disculpaba por no poder donar más hombres a la causa del rey, pues la labor principal de la Orden de la Roca era…

―… es la protección del Imperio, mi señor, y más incluso si son ciertos los rumores que hoy nos habéis traído, un Hechicero al mando de las tropas de Eustad. Pero no hay que dejarse llevar por los rumores, ya lo decía el erudito Damel, “Los rumores son solo el viento que dejan atrás las tormentas de la ignorancia y el temor”, quizás mejor sería atenerse a las noticias fehacientes.

―Mucho conocimiento hay en vuestras palabras, con razón os llaman Sabio. Creo que en otras circunstancias llegaríamos a entendernos muy bien. Ahora si me permite, ¿puede ordenar a su vigía que abra las puertas? ―Blasco esperó a que Donato le hiciera un gesto a Néstor, cuando éste comenzó a abrir las puertas, continuó con ese tono conciliador que tenía al hablar―. Mandaré solo a los oficiales dentro para no molestar mucho a vuestro Guerrero, los demás acamparán aquí.

―No sería molestia. Las cocinas y el comedor están a vuestra entera disposición.

Nada más terminar la frase, el Sabio volvió al interior del castillo, Blasco esperó a que abrieran las puertas y luego ordenó al ejército que entrara. Ella sintió un escalofrió al ver cómo iban pasando, los fue contando uno a uno, con Tiglat y Ambrosio, llegaban a los trescientos veintiún hombres.

Se mantuvieron callados hasta que descabalgaron, entonces le fue imposible escuchar más conversaciones, formaron un ruido ensordecedor, ataban los caballos en cualquier sitio, montaron tiendas y encendieron fuego, al principio solo entraron el pelirrojo, Blasco, Tiglat y otro hombre que no era muy alto, tenía el pelo rizado y una cicatriz en el lado derecho de la cara, no tan grande como las que tenía su padre, pero aun así lo marcaba bastante.

Escuchó ruido en el comedor, seguramente serían ellos. Cerró la ventana y se acercó al hueco por donde Nakko le daba la comida. Pasó poco tiempo hasta que vio entrar a los cuatro hombres. Werino entró tras ellos, les hizo un pequeño saludo y entró en las cocinas, se puso a hacer de comer. Por lo visto le habían encargado ser el chef para ellos, cosa de la que se alegraba Eilen, pues Werino era de todo menos buen cocinero.

Puso oído para escuchar, sabía que era de mala educación y ya le habían regañado su padre y Nakko, pero le daba igual, le gustaba escuchar a los demás.

Hablaron sobre el tiempo, las fuerzas de los hombres y sobre la guerra, según todos, Eustad estaba demostrando ser un gran estratega, cosa de la que se extrañó Trifón. Después hablaron de su misión, de cuanto tiempo tardarían en recoger las armas y alcanzar el primer puerto para hacer llegar el equipo a Gateh, donde estaba reunido el grueso del ejército. Werino les llevó la comida y los dejó a solas. Tras echar unas cuantas maldiciones por la mala comida, cambiaron de tono y de tema, hablaron en susurros, así que Eilen tuvo que prestar más atención…

―…mucho, sí, nos estábamos desesperando, señor ―comentaba Tiglat.

―Tal vez si hubierais hecho vuestro trabajo nos podríamos haber marchado nada más llegar, o incluso no haber tenido ni que venir ―reprochó Trifón.

―Lo siento señor, pero creo que nos han estado vigilando en todo momento.

―Explícate ―dijo secamente el pelirrojo.

―El otro día si ir más lejos, estuvimos intentando abrir una cerradura de una puerta en un pasillo, pues por la tarde, ese pesado de Nakko, nos preguntó qué andábamos haciendo por ese lugar, y os juro que nos cercioramos de que nadie estuviera por allí y nos pudiera ver, tiene que haber túneles entre estos muros ―respondió Tiglat.

―Hum, puede ser que haya pasadizos, era norma antigua de la arquitectura de la época abrir vías de escape y escondrijos para tener más seguridad de la que normalmente dan unas paredes gruesas ―añadió sin dejar de comer Blasco.

―Ja, seguro, conociendo a estos dos seguro que creyeron ver fantasmas, esta misión me la debiste encargar a mí y a mis hombres Trifón ―comentó con sorna el cuarto hombre.

―Sí, claro, lo dice el que mandé a buscar información y apoyos y volvió diciendo que había visto a un hechicero en persona.

―Pero lo vi, seguro que es del que hablan todos los rumores, desapareció tras las paredes y no lo volvimos a ver. Además, ya hace mucho de eso, ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que no me lo recuerdes?

―Mucho más para que se me olviden esos cuentos Walia, espero que hagas mejor trabajo ahora.

―Vale, como quieras, por lo menos dime cuándo vamos a empezar.

―Pues… ―Blasco movió la mano y calló a Trifón.

―Tal vez sea mejor hacerle caso a Tiglat y hablar de nuestros asuntos en privado, en una tienda en el patio. Así que comed y salgamos rápido ―fue lo que dijo, tras lo cual imperó un silencio anormal durante el resto de la comida.

Como veía que no iba a sacar más de aquellos a los que acababa de oír, Eilen decidió irse a su cuarto, todavía tenía que estudiar por si Nakko le preguntaba algo, con lo enfadado que lo había visto en el patio no quería decepcionarlo.”

La Caída de los TrevorianEl Fuego.

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