El Ermitaño


“Observaron cómo Lee Vao se agachaba frente a la puerta, el pequeño perro, que más parecía una bola de pelos nerviosa, seguía ladrando. Tras unos minutos en los que el monje le dio uno de los sacos y guardó algo en el segundo, éste se levantó y volvió junto a ellos.

Sin decir palabra, se acercó a su caballo, sacó algo de sus alforjas y regresó a la casa, tras darle al hombre, lo que había recogido, retornó junto a ellos.

 

―¿Y bien? ―preguntaron al unísono.

―Ya os advertí que era una persona un poco taciturna. He estado negociando con él, como casi siempre. He conseguido un ejemplar escrito por un arquitecto anónimo sobre los días de las primeras construcciones importantes de Deancar…

―Dinos de una vez lo que te ha dicho, monje ―interrumpió Zoilo.

―Déjalo hablar, si es cierto lo que oigo, ese libro puede ser muy antiguo y debe de ser de gran valor.

―Calla tú también Antenor, ahora no estamos aquí para estudiar ―replicó Nicanor.

―Continúa por favor y perdona mi interrupción ―dijo agachando la cabeza en signo de disculpa Antenor.

―No tenéis por qué disculparos, es normal que necesitéis información después de todo lo que ha pasado. ―Lo dijo de forma que se entendiera que sabía lo necesario para saber lo que hacían allí, pero nada más que no debiera conocer―. Pero va a ser complicado sacar algo en claro del ermitaño, es muy reservado y salvo al Gran Maestro no ha dejado entrar a nadie más en su choza, conmigo solo comercia a cambio de comida, vino y cerveza además de otros útiles y ropa, pero siempre negociamos a través de la rejilla.

―Eso nos da igual, vayamos y preguntémosle, si no, echamos la puerta abajo y ya está ―volvió a interrumpir Zoilo. Delfo miró inquisitivamente a Cancio, pues suya era la responsabilidad de mantener el orden como Protector. Éste lo pareció comprender al instante.

―Vale ya Zoilo, a los demás igual, basta de interrumpir por favor. Dejemos que Lee nos cuente lo que ha hablado con él, luego decidiremos. Os recuerdo que somos caballeros de la Orden de la Roca y no debemos actuar como los bárbaros que nos han llevado a esta situación. Por favor monje, continúe.

―Hacemos trueques, lo que él necesite por libros antiguos, solo Shi Yeon sabe cómo demonios tiene tantos en esa pequeña choza. Hoy, al principio, no quería hacer tratos conmigo, pero cuando le he explicado lo que queríais se ha ablandado un poco. Hablará con vosotros, aunque no cree que pueda ayudaros.

―Eso ya lo decidiremos nosotros, monje ―dijo Tubal mientras avanzaba hacia la cabaña y escupía al suelo.

―Bueno, eso es otra cosa que hay que decidir, el ermitaño solo hablará con tres de vosotros y cada uno solo podrá hacer una pregunta.

―Maldito sea, yo iré y verás cómo me responde todas las que yo le haga, no tenemos tiempo para cuentos e historias de niños ―volvió a quejarse Zoilo.

―Precisamente él también ha elegido quién debe hacerle las preguntas. Me temo que a ti te ha vetado, me ha dado indicaciones de que solo responderá a Delfo, a Kasib y a Antenor, el resto deberéis permanecer aquí conmigo. Ha sido bastante claro en que si no lo hacéis como él ha dicho no colaborará.

Zoilo se quedó mirando fijamente a Delfo, luego a Antenor y finalmente a Cancio, se enfurecía por momentos.

―Sus tierras sus reglas, debemos respetarlo como a cualquiera de nosotros, es lo correcto y lo que la Diosa manda ―dijo mientras se adelantaba con cara seria Kasib.

―Le haremos caso, no pongas esa cara Zoilo, sino sacamos nada en claro, intentaremos forzarlo ―dijo Delfo decidido para tranquilizar a Zoilo―, en este caso estoy de acuerdo contigo. Lee, ¿algunos consejos que tengamos que tener en cuenta?

―Demasiados, pero por ahora solo un par de apuntes. Primero, no le preguntéis por su nombre ni le deis el vuestro, es muy estricto respecto a eso, simplemente llamadlo Ermitaño, él os llamará como quiera, a ti se te dirigirá como “el de las cicatrices”, a Antenor como “El Plácido” y a ti Kasib como “El Serio”. Segundo, no lo interrumpáis mientras habla con ningún comentario, se podría ofender. Por lo demás respetarlo y no hará nada fuera de lo normal. Tampoco querrá que os acompañe vuestro perro, mejor que se quede aquí.

―Bien, Hilarión, sujeta a Romal. Vamos seguidme ―mandó Delfo a sus dos compañeros―. Antenor, creo que deberías preguntar primero, eres el más sabio. ―Buscó la aprobación en la cara de Kasib y la encontró―. Después pregunta tú, Kasib, por último preguntaré yo por si algo no ha quedado claro. Debemos preguntar sobre qué quería Walia, si sabe algo de la traición y si conoce a los atacantes de la Isla, después decidiremos si nos ha dado información suficiente o se ha guardado más de lo que nos ha dicho.

Kasib y Antenor asintieron y lo siguieron hacia la choza. Al llegar al huerto, el perro salió huyendo y entró por la gatera, desde dentro continuó ladrando. Llegaron al umbral de la puerta y esperaron un rato por si les abría, pero no fue así, los tres se miraron extrañados, el dichoso ermitaño no hacía acto de presencia y por culpa del perro no se oían nada más que los ladridos.

 

ermitaño

―¿Hay alguien ahí? O voy a tener que azuzar a Poderoso para que os eche como a alimañas. Si queréis hablar conmigo llamad a la puerta, como debe ser.

Su voz era la de un anciano, aunque desde lejos no parecía tener más de cincuenta años. Kasib se adelantó, pero justo cuando iba a llamar a la puerta el viejo habló de nuevo.

―Tú no Serio, me romperías la puerta por bruto, que lo haga el listillo, sí, el Plácido. ―Antenor llamó a la puerta tres veces, despacio y no muy fuerte.

―Tocas como una mujer, ¡llama más fuerte! ―Aporreó la puerta, esta vez con fuerza.

―¿Siiii? ¿Hay alguien ahí?

―Ya sabes que sí, Ermitaño, somos los tres que has hecho llamar ―intentó decir Delfo con todo el respeto que pudo.

―Ah, conque esas tenemos, sois irrespetuosos y maleducados, pues bien como tales os trataré, os hablaré desde la gatera, por animales ―gritó el viejo. Abrió la gatera, Delfo se agachó y llegó a ver un par de ojos marrones, hundidos, cejas pobladas, canosas y escuchó una risa un poco histérica.

―Que pregunte el primer animalillo, ¡vamos que no tengo todo el día!

Antenor se agachó, se puso de rodillas produciendo un sonido metálico por la armadura, miró a Kasib y luego a Delfo y realizó la primera pregunta.

―¿Por qué no quieres saber nuestros nombres?

Nada más oírlo, Delfo y Kasib se miraron estupefactos, sin saber qué era lo que había pasado. Delfo agarró a su amigo del hombro y le dirigió una mirada asesina, antes de que Antenor reaccionara, el ermitaño comenzó a reírse.

―Ja, ja, ja, te has equivocado de pregunta sabiondillo, me deberías haber preguntado por qué no le digo a nadie el mío. Je, je, je, pobre iluso, pero aun así te responderé. ¿Para qué quieres conocer el nombre de alguien si sabes que nunca va a ser tu amigo y quizás no lo vuelvas a ver? ―Se quedó en silencio, al notar que nadie hablaba dio permiso para la siguiente cuestión― ¿El siguiente?

Kasib se arrodilló al igual que Antenor, frunció el entrecejo y a continuación realizó su pregunta.

―¿Sabes algo de la traición de Walia?, el explorador que te visitó hace unos años ―aclaró.

―Una pregunta sin ningún fundamento y mal realizada, pero bueno, te la contestaré aunque seas uno de esos caníbales del Sur y de las selvas. Tienes razón en que vinieron a visitarme, pero no eran hombres, sino escoria real, sí, igual que vosotros, eran hombres que venían en nombre de ese mezquino Tanios. ―Paró de hablar un momento y miró hacia arriba―. Qué, ¿creíais que no me había dado cuenta de que sois hombres del rey?, ja, no colaboré con ellos y no colaboraré con vosotros, no me dais miedo… bueno quizás alguno sí. No me gusta ese demonio blanco que lleváis con ustedes, ni el gordo del hacha, ni el moreno callado… se puede decir que no me gustáis nada, pero miedo solo me da el demonio.

―Contesta Ermitaño, te he hecho una pregunta ―inquirió serio Kasib.

―No sé nada de traición, no les di lo que me pidieron, intentaron entrar, pero con la ayuda de Poderoso los eché de mis tierras. Ya está, eso responde a tu pregunta Serio. Ahora el último, Cicatrices, acércate ―contestó atropelladamente el viejo.

Delfo tocó el hombro de Kasib en signo de aprobación y se agachó para preguntarle al ermitaño, al hacerlo observó un símbolo que le resultaba familiar en la parte baja de la puerta, era el mismo que llevaba tatuado Ela en el cuello y venía dibujado en la bolsa con las cosas de Eilen. Estuvo tentado de preguntarle al viejo sobre eso, pero se convenció para preguntar lo correcto, tiempo habría de volver y saber más sobre ese dibujo.

―¿Qué es lo que querían de ti esos aliados de nuestro Imperio?

―¡Aliados! Yo no he dicho que fueran aliados, estaban buscando unos mapas para entrar en vuestra fortaleza y en el castillo de Ciudad de las Flores, seguro que no querían hacer una visita turística, pero como os he dicho no se los di, me amenazaron, pero… ja, conmigo estaba Poderoso y no hay quien pueda con él, ¿verdad? ―El perrillo ladró detrás de la puerta con alegría―. Ahora ya os podéis ir, habéis hecho todas las preguntas.

El ermitaño cerró la gatera y se oyeron pasos alejarse de la puerta. Delfo se irguió y miró a Antenor.

―¿Qué clase de pregunta es esa? No, si al final Zoilo va a tener razón. Regresemos y veamos el siguiente paso que damos ―recriminó a su amigo mientras negaba con la cabeza.

Comenzaron a distanciarse, pero cuando pasaron junto al huerto, la gatera se volvió a abrir.

―Cuando vuelvas, te diré mi nombre Plácido, porque que lo sepas, volverás. Tú no Cicatrices, a ti creo que no te volveré a ver y espero que sea por tu culpa.

Delfo no le dio importancia a las palabras de aquel viejo que posiblemente estuviera loco, se dio la vuelta y comenzó a alejarse hacia donde estaban el resto de sus compañeros.”

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