El Engaño


“Amaneció el decimoquinto día de la partida, a Delfo le tocaba esa noche hacer la primera guardia, así que decidió pedirle a Antenor que lo dejara ir a pescar durante toda la mañana para despejarse, el día anterior lo pasó en el campamento, necesitaba dar una vuelta y no había mejor cosa para relajarse que una buena jornada de pesca.

Su amigo no le puso impedimentos, mandó a Elvio a que fuera con él. El joven rubio le caía bien, no paraba de hablar de su tierra, de su hermana y de las mujeres que paseaban por la ciudad, ávidas de algún comentario sobre su extraordinaria belleza, lo que era un entretenimiento continuo.

Después de ordenar a Romal que se quedara en el campamento, cosa que hizo ignorando casi cualquier orden de su amo, recogieron las cañas, los anzuelos y algo de comer y se dirigieron a la parte más cercana del río, aunque no era la mejor zona para pescar, Delfo siempre conseguía alguna carpa o barbo en aquel lugar, y ese día no fue una excepción, se hizo con dos carpas de tamaño considerable y tres truchas de no menos valor, sin embargo Elvio no consiguió pescar nada, lo cual no hizo que su ánimo disminuyera. Al emprender el camino de regreso, comenzó a hablar sobre una chica tres años mayor que él, a la que su hermano mayor, Talvio, había convencido para enseñarle la habitación…

―… y fue entonces cuando oí el alboroto en el pasillo, cuando me asomé estaba completamente desnuda corriendo escaleras abajo, estaba escapando de algo. Cuál fue mi sorpresa cuando por detrás aparece mi madre persiguiéndola y maldiciéndola a la vez que se quejaba de la honradez de Talvio. ―Hizo una pausa, pues Delfo y él comenzaron a reír a carcajadas―. Ya ves, como si fuera la primera…

Delfo lo acalló con un gesto, se oía algo en la lejanía, un sonido que le era vagamente familiar, le vino a la memoria un día de su niñez, el día en que Vanor llegó acompañado por una docena de caballeros de la Orden de la Roca, con sus relucientes armaduras y a lomos de caballos de batalla, a Egar, él estaba ayudando a trillar el trigo con su padre, cuando escuchó un ruido parecido al que ahora se adentraba en el bosque.

―Sssssss, escucha Elvio ―susurró a su compañero.

―Eh, ¿qué pasa?, ¿qué oyes?

―Sssss, silencio, acerquémonos al camino sin hacer ruido y no nos dejemos ver ―le dijo a su amigo.

 

Dejaron las capturas en el suelo, Delfo y Elvio se agacharon y se fueron acercando al camino con todo el sigilo posible. Mientras más cerca se hallaban más aumentaba el ruido, a unos cien metros del sendero, que ellos habían abierto dos semanas atrás, se protegieron tras un arbusto y esperaron hasta ver lo que producía aquel sonido. Atravesaba el bosque como una tormenta atraviesa el cielo, lo primero que vieron fue una primera columna de cuatro caballeros, seguida de otra y de otra y otra más…

Delfo iba contando mentalmente a todos los hombres que iban pasando frente a ellos mientras pensaba en quiénes podían ser, no llevaban estandarte y no reconocía las armaduras. Sabía que no se trataba de la Guardia Real, pues no llevaban la armadura plateada con la corona dorada grabada sobre el pecho. Tampoco pertenecían a ningún cuerpo militar del ejército del real, ni a ninguna casa noble que él conociera.

Tardaron varios minutos en pasar todos, por suerte no los vieron. Elvio pareció reaccionar antes que Delfo, se volvió a él.

―¿Has visto eso?, ¿qué hacen esos hombres con el símbolo de Nabir?

―¿Nabir? Eso era una ciudad de Costa Dorada, ahora se llama Roca Roja. Pero no tiene ejército, o por lo menos según lo hemos estudiado ―explicó extrañado Delfo.

―Je, como se nota que no eres un Dorado, amigo, nuestro amigo Antenor seguro que te lo explica mejor que yo, además creo que estará encantado de hacerlo.

―Bueno, en el campamento me lo explicáis, ahora tenemos que darnos prisa y darles la noticia a los demás, debemos de estar preparados por si acaso. ―Sin decir nada más Delfo se volvió y salió en dirección a donde habían dejado las capturas de ese día.”

La Caída de los TrevorianEl Engaño.

 

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