El Engaño II


“Antes de que dejaran de reír, Romal comenzó a gruñir hacia el sitio donde Delfo había tirado los palos.

―Mira las criaturas que creáis, no solo no me traen las piezas sino que también le lad… ―estaba diciendo Delfo cuando se fijó en la mirada de Urok, éste estaba agarrando la empuñadura de su espada mientras observaba el lugar al que gruñía el mastín.

―¿Qué… ―se silenció y señaló a la espesura.

Delfo miró hacia donde su compañero de guardia le señalaba, se quedó helado, “otra vez no”, pensó, recordó imágenes de unos animales en el bosque, blancos y aterradores, se echó la mano izquierda al pecho para tocar la garra que llevaba como amuleto, pero al tener puesta la armadura, ésta la llevaba por dentro. Tiró del colgante y agarró su amuleto con fuerza.

Eran esos mismos ojos, rojizos y anaranjados en el centro. Estaba paralizado, fue Urok quien le hizo volver en sí.

―Hay que avisar al resto, ve y díselo a aquellos dos ―dijo señalando a los otros dos vigías―. Yo iré a despertar a los demás. Sabía que tenías razón, amigo, mis hermanos nos quieren gastar una pequeña broma ―dijo mientras se alejaba.

Delfo recuperó la movilidad, calculó que la bestia estaría a unos cincuenta metros de él, fue hacia Nicanor sin darle la espalda, Romal lo siguió, gruñendo hacia la figura que estaba quieta mirándolos a través del bosque.

Antes de llegar donde quería observó que Nicanor y Lungard retrocedían hacia el campamento, él se dirigió hacia el mismo lugar.

―Eh, ¿has visto eso Delfo?, ¿eso es lo que te atacó? ―preguntó Lungard al verlo llegar.

―Sí, ¿cómo lo habéis visto desde tan lejos?

―¿Desde tan lejos? Están frente del camino, en cuanto los hemos visto hemos retrocedido lentamente como nos aconsejó el Guerrero.

Antes de poder explicar nada, los demás ya estaban haciendo preguntas, los caballos comenzaron a relinchar nerviosos, Delfo vio otro par de ojos en dirección contraria al camino, otros cerca de los caballos, otros…

 

―Dios, estamos rodeados ―exclamó Mansón.

Sin darse cuenta de cómo habían llegado a esa formación, se descubrieron todos formando un círculo entorno al fuego, con Romal por delante de Delfo, comenzó a ladrar cuando uno de los varrat dejó la espesura, pronto apareció otro a su izquierda, luego otro a su derecha, aparecieron más y más, contó a quince y eso solo en su campo de visión. Por los comentarios que escuchaba a su espalda concluyó que serían el doble o el triple. Todos se mantenían en tensión y en sus puestos, pero se notaba el miedo, sobre todo a su lado, veía autentico terror en los ojos de Nicanor, no lo juzgaba, pues posiblemente su mirada tendría ese mismo aspecto.

Tardó en darse cuenta de que nadie daba órdenes, así que tomó la iniciativa.

―Recordad lo que nos dijo Nakko, estad tranquilos, dejad las flechas y asegurad la lanza. Mantened la lanza apoyada en el suelo y poned un pie encima para ayudaros con vuestro peso, cuando ataquen intentad clavársela en el cuello. ¿De acuerdo? ¿Estáis conmigo?

―Sí ―exclamó la mayoría, aunque sus voces no denotaban seguridad alguna.

Delfo miró hacia atrás para intentar insuflar un poco de valor y coraje a sus compañeros, se cruzó la mirada con Zoilo, éste se la aguantó.

―Parece que la princesa fue atacada por la bestia, quién lo iba a decir después de todo ―No lo dijo en tono de disculpa, pero tampoco en tono ofensivo.

No hizo caso a su comentario, al volverse se dio cuenta de que faltaba alguien, miró otra vez y vio que Urok no estaba en el grupo.

―¿Y Urok?

Todos se miraron durante un instante, momento en el cual el varrat que estaba más cerca de Tubal se adelantó y corrió hacia su compañero, pero cuando éste afirmó su lanza se detuvo en seco a un par de metros de él. Lo miraba directamente a ojos, una mirada fría, inteligente, espantosa y ardiente.

―¡MALDITOS SEAIS HERMANOS!, no os dejéis impresionar, no os harán nada si yo no quiero ―venía diciendo Urok, estaba saliendo de su tienda, desenfundando su espada―. Tranquilos, quedaos ahí y observad los verdaderos poderes de un Dios.

Todos miraron al albino sin saber qué estaba pensando hacer, Delfo se temió lo que venía a continuación…

―¡NO!, Urok ven aquí te destrozarán ―gritó Delfo antes de que Urok embistiera al primer varrat que tenía al alcance.

Delfo cerró un segundo sus ojos, estaba seguro de que moriría, no, estaba seguro de que todos morirían en aquel campamento, habían sido entrenados para luchar contra hombres, contra animales peligrosos, pero aquellas bestias eran distintas a todas, se las notaba ansiosas, con ganas de atacar, deseosas de derramar sangre, su sangre. Antes de abrir los ojos pensó en su hija, por lo menos, Eilen estaría a salvo entre las murallas de la fortaleza o al menos más a salvo que ellos.”

La Caída de los TrevorianEl Engaño.

Deja un comentario