“Urok miró por todos lados, no había más puertas que llevaran hacia otra sala, se encaró con el preso que no había dicho nada desde que despertó. Le resultaba familiar, de unos cincuenta años, con el pelo y la barba enmarañados, algunos restos de color castaño todavía se vislumbraban entre las canas, la cara sucia por la mugre del lugar, tenía el torso al descubierto, mostraba a un hombre que aún se mantenía fuerte a pesar de todas las señales de latigazos que poblaban su espalda y su pecho. Cuando se acercó, el hombre fue hacia la puerta, el movimiento provocó el tintineo de las cadenas que le ataban los pies a la pared de piedra.

―¿Por qué estás aquí? ―preguntó, aunque era un dios, a veces necesitaba preguntar antes de juzgar a una persona. No obtuvo respuesta, el hombre lo miró duramente a los ojos sin apartar la mirada.

―No soy ningún guardia, ni trabajo para ellos, solo quiero saber dónde está mi amigo, si me respondes y creo conveniente, te puedo sacar de aquí. ―El hombre no hizo gesto alguno y siguió mirándolo con severidad―. Dime, ¿has visto por aquí a un hombre con tres cicatrices que le recorren la mejilla derecha cruzando por sus ojos? ―El hombre sonrió, pero no dijo nada―. No tengo mucho tiempo, responde o sentirás la ira de un dios que te juzgará.

―Los dioses no existen, ni la justicia tampoco ―respondió al fin, con una voz cansada y ronca.

―Estás ante uno ahora mismo. Si me respondes, te puedo librar de tus pecados o ayudarte a vengarte si eres inocente ―le prometió el albino.

―Dime tu nombre y porqué estás aquí antes de hablar.

―Ya te lo he dicho, soy Urok, el dios Albino, si prefieres, también puedo presentarme como Urok, caballero de la Orden de la Roca.

―¡Jum! ―se mofó el hombre con una risa gutural―. Te responderé si me liberas y me das esa espada, por lo menos sé que no eres uno de ellos, porque si no sabrías dónde han llevado a tu amigo.

―Respóndeme antes a las preguntas y si lo creo conveniente te soltaré, tengo las llaves de tus grilletes. ―Le enseñó el tercer llavero, el hombre se pasó la mano por su barba y asintió―. Responde pues, ¿por qué te tienen aquí encerrado? Un solo hombre para una prisión.

―Digamos que estoy aquí por lo mismo que tu amigo, escuché sus cargos y hablé con él. ―Sintió al menos un alivio al oír aquellas palabras en boca de aquel extraño―. Estoy aquí por una traición.

―¿Lo viste? ¿Está bien?

―No es que esté perfectamente, pero al menos está vivo, aunque no sé por cuánto tiempo.”

La Caída de los Trevorian, El capitán.

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